Jorge Báez Roa
Juan Carlos Moreno González proviene de una familia patricia de la sociedad paraguaya. Su padre, el historiador don Fulgencio R. Moreno, era descendiente, por línea materna, del prócer Fulgencio Yegros. Una genuina vocación por la música y una vasta cultura humanística perfilaron su vida de hombre y artista. Compositor de subidos méritos y virtuoso del piano, ejerció la enseñanza por este instrumento durante años, al punto de constituirse en maestro de varias generaciones de músicos.
Tendré que remontarme a los años cuando asistía a las clases de música en el Ateneo Paraguayo, que las presidía él como director de dicha institución. Un fervoroso discipulado lo rodeaba en aquellas aulas. Pude seguir de cerca muchas de sus clases y recuerdo cómo, más allá del dato artesanal, del principio escolástico que cimenta la técnica de un instrumento, gustaba analizar minuciosamente la obra ejecutada, para adentrarse enel espíritu de ella, con lúcida conciencia de cuando habrá querido expresar el autor.
Junto al artesano, que despliega la técnica como principio fundante, estaba el artista, que vivifica los signos aparentemente yertos del pentegrama.
Gustaba cantar y repetir, acompañándose del piano, algún motivo rítmico o melódico, como subrayando la importancia del mismo en relación al todo de la obra. Y esto lo hacía con una insistencia que se grababa en la memoria de quienes lo tratábamos, desde la cátedra o el diálogo amistoso. Aunque fuerza es reconocer que Moreno González nunca creó distancias entre él sus discípulos. Su preeminencia dimanaba de su espíritu de un modo natural.
Le caracterizaba, como músico, una objetividad que le permitía sopesar sus posibilidades y sus limitaciones, sin falsas poses. Era claro y sencillo como un niño. Y cuando de sus obras se trataba, se exaltaba al escucharlas, aunque rehusaba hablar de ellas las más de las veces. Nada era más ajeno a su pensamiento que ver en la música una manifestación de inmediatez subjetiva. Solía repetir que, si bien toda obra de arte necesariamente hace referencia a algún episodio, a algún momento de la vida de su creador, fundamentalmente se justifica por la racionalidad de su estructura.
Cuando alguien decía que sólo los románticos habían sabido expresar sus emociones con acabada propiedad y, por el contrario, los clásicos nos presentaban sus obras de un modo impersonal aunque bien construidas, Moreno González nos recordaba que Bach había expresado tantas veces emociones tan diversas como la tristeza que suscitaba la despedida de un amigo, el afecto de su mujer Ana Magdalena, la esperanza del hombre religioso y su afán de autotrascendencia, o la suprema congoja ante la muerte. La cantata “!Ven, oh dulce muerte!”, no había escrito Bach con acentos imperecederos ? Podía llamarse a esa música impersonal ?
Fue a finales de la década del sesenta cuando más lo traté. Moreno González ocupaba por entonces la Dirección del Conservatorio Municipal de Música. Recuerdo que en cierta ocasión me puse a leer algunos conceptos de Pablo Casals acerca de la música de Haydn, música que admiraba el célebre violoncellista, porque veía en ella una constante y seductora invención. Casals había dicho: “Cuántas obras admirables nos ha dado Haydn sirviéndose de la sintaxis y el vocabulario de su tiempo a igual que Bach, Haendel, Mozart, quienes muchas veces se convertían en copistas, e incluso en imitadores de obras de los maestros de sus respetivas épocas o de los que les habían precedido. Y, sin embargo, qué “originales” fueron por la fuerza de su genio”. Moreno González contestó: “Muy bien visto. Se puede ser “romántico” y aun ”moderno”, sin sentirse incomodado por los moldes clásicos. Lo que cuenta es la solución que el compositor encuentra con su fuerza creadora a los problemas de la forma”.
Moreno González experimentaba en la “composición” aquello que ha subrayado Aaron Copland: “La necesidad de autoexpresión, el impulso nunca satisfecho de ideas y sentimientos acerca de la vida y la consiguiente búsqueda de autoconocimiento”.
Nuestro músico vivía obsesionado por la creación. Todos los días hacía algunos apuntes que ya utilizaría en algunas de sus obras. Sentía casi de un modo continuo la alegría de la creación. Pero, además, era un intérprete de vital comunicación.
Nunca olvidaré cuando juntos tocamos ante un grupo de amigos la sonata “Primavera” (op. 24), de Beethoven. El se la sabía casi de memoria y la hizo con espontaneidad, con impulso juvenil, en especial el “rondó” final, al punto de suscitar una viva impresión en el auditorio.
Juan Max Boettner trazó alguna vez la semblanza de nuestro músico. Nos dice en ella: “Su niñez pasó en el ambiente diplomático a que pertenecía su padre. Tuvo una prolija educación dentro de un ámbito tran atractivo espiritualmente, aunque conoció también la escasez de otros momentos, llevados por sus padres con entera dignidad. Un día, cuando tenía once años, como niño travieso que era, quiso treparse a un vagón de ferrocarril cerca de la Plaza Once, de Buenos Aires. Cayó y las ruedas le cortaron ambas piernas. En medio de su desgracia, surgió una intensa vida espiritual, se puso a escribir y a hacer serios estudios de armonía y composición”.
“Vivió algunos años en Brasil, donde hizo estudios superiores de música. Desde 1940 su actividad como compositor concertista fue intensa, destacándose también como erudito y ameno conferencista”.
“Juan Carlos ha sabido guardar un tesoro incomensurable: su niñez, su espíritu de niño grande”.
Sí, la desgracia no abatió el ánimo de nuestro artista. Siempre hubo en él un niño, con sus alegrías y sus travesuras. Hace cinco años que, tras una penosa enfermedad, Juan Carlos Moreno González último aliento. En el acto de sepelio dije algunas palabras: “ Juan Carlos Moreno González representó en la vida paraguaya, durante muchos años, toda una categoría humana, por sus vastos conocimientos en diversas disciplinas humanísticas, pero fundamentalmente como artista de la música. Virtuoso del piano, su profundo saber en este arte volcó a la enseñanza, creando un discipulado que sigue hoy dando sazonados frutos de belleza. También en el escenario de conciertos puso la impronta de su calidad de virtuoso, llegando a su auditorio a través de las obras más representativas de ese instrumento.
“Pero fue la composición musical la que atrajo con persistencia vocacional su interés, su devoción. Un mundo de belleza a través del arte de los sonidos supo crear a lo largo de su vida.
“Como compositor no circunscribió su labor a obras para su instrumento preferido –el piano -, sino que incursionó con maestría en las creaciones sinfónicas, manteniéndose siempre fiel a una temática
surgida de las visiones de su tierra y de su rico mundo interior en que, bajo una aparente gravedad, vivía un niño con sus alegrías y sus travesuras de que nos hablan sus “scherzos”.
“La zarzuela paraguaya lo tiene como a uno de sus cultores, justamente con Manuel Frutos Pane. Trascendiendo lo pictórico y decorativo de escenas de la vida nacional, nos introduce en la sicología del hombre de nuestra tierra con todos sus atributos y admirables virtudes de un pueblo que ha sabido sufrir penurias inmensas, pero cuyo espíritu no se ha apagado la alegría de la vida. La creación musical, como toda expresión de espíritu y la mente del hombre, es hasta cierto punto tributaria de su época. Pero lo que caracteriza a las creaciones auténticas es que se proyectan hacia un futuro con renovada fuerza. Estas virtualidades, en nuestro concepto, cimentan la obra de este gran artista”.
Juan Carlos Moreno González se unió en matrimonio con doña Marina González. Este matrimonio constituyó una familia numerosa. Su mujer e hijos supieron prodigarle afecto, devoción y estímulo para el desenvolvimiento de su vocación de artista. El siempre asi los recordaba en conversaciones, con el cariño y la gratitud de padre y hombre de hogar.
Del diario ÚLTIMA HORA (El Correo Semanal), 16 de Julio de l988 (Asunción, Paraguay).
“Miramos ahora su formidable legado espiritual a la tierra que lo vió nacer y a la que dedicó su talento y sus mejores afanes. Sentimos una profunda admiración por él, al tiempo que rememoramos su lección de hombre y maestro”.
viernes, 22 de junio de 2007
lunes, 11 de junio de 2007
Del boldo al “yaguareté ka’a”
ANALES DE UN PAIS DE LAS MARAVILLAS
Helio Vera (helio@abc.com.py)
Con una delicada metáfora botánico-gastronómica, Nicanor Duarte Frutos describió a su carnal José Alberto Alderete como “té de boldo”. ¿Por qué? Porque no hace ni bien ni mal. Una especie de “mandi’o ýre” (mandioca con agua) o, lo que es lo mismo, ni chicha ni limonada. Ni fu ni fa. Ni frío ni calor. Lo que el general Stroessner prefería definir como “café con leche”, un líquido híbrido que no es ni café ni leche.
No estoy muy seguro de que la definición sea la correcta.
Pero, de todos modos, el ejemplo del Tendota anima a buscar nuevas explicaciones, siempre dentro del escenario propuesto por él.
Al respecto, la farmacopea popular provee una serie de infusiones, cada una de las cuales dotada de una serie de propiedades, reales o imaginadas.
Será cuestión de estudiar a quién le calza cada una de ellas, y así tendremos un cuadro completo de la clase política paraguaya.
En este caso, desde la perspectiva de los “remedios yuyos”, de tan arraigada vigencia en nuestra cultura.
Por ejemplo, ¿a quién le cae mejor ser calificado como el tranquilizador té de murucuyá, brebaje infalible para devolver la calma a los corazones encabritados?
Debe ser alguien calmoso y sereno, capaz de transmitir ese mismo espíritu a los demás.
Es decir, el sujeto ideal para llevar la paz a los debates alborotados; alguien como aquel célebre Néstor, el anciano rey de Pilos –suave en el hablar, en cuya boca las palabras fluían más dulces que la miel–, siempre llamado a poner fin a las disputas entre los jefes aqueos que sitiaban Troya.
Veamos el té de kurupa’y, que, según algunas versiones, posee virtudes singulares: causa somnolencia y hasta puede llevar a sueños hipnóticos, donde naveguen los delirios más intensos. ¿Quién tiene esa virtud, de adormecer a los demás, hasta el extremo de sumirlos en un mundo de fantasías coloridas?
¿Algún chamán de la política, capaz de hacer creer a la gente que su sola presencia ahuyentará las tempestades, desviará el ojeo e impedirá que se corte la mayonesa?
¿Y la fatídica combinación del sen con la rosa mosqueta, capaz de vaciar los intestinos en una flojera interminable?
Hay ciertos sujetos que parecen estar signados por esa desgracia, que puede llegar, según varios ejemplos vivos, al propio cerebro.
El resultado es una suerte de incontinencia verbal, que puede convertir a su víctima en una verdadera máquina de decir disparates. El periodismo –aceptémoslo– también abunda en estos especímenes.
No debe faltar el infalible té de “yaguareté ka’a” (hierba del jaguar), que permite digerir plácidamente los atracones más escandalosos.
Basta con echarse al estómago una taza de este mágico elixir para que desaparezca al punto toda amenaza de malestar estomacal.
Recomendable cuando se devoran licitaciones, gastos reservados, cargos, rubros para “entidades sin fines de lucro” y compras del Estado.Ni gases, ni retortijones de tripas; ni siquiera ese concierto de chillidos y maullidos que suele acompañar a los empachos.
¿Y el eficiente “para para’i” (rompepiedras), recomendado para disolver los pedruscos que se forman en los riñones, que en algunos casos adquieren el volumen de verdaderas rocas?
¿No conocemos a varios sujetos que degluten venenos, diatribas, querellas, denuncias, publicaciones periodísticas y toda clase de acusaciones sin que se les mueva un pelo?
Todo es absorbido fácilmente y enviado después al mingitorio, que las hará desaparecer para siempre.
Se les puede acusar de haber degollado a la madre sin que hagan siquiera un parpadeo.
La lista de infusiones puede ser muy larga, y sus propiedades, infinitas.
Sirven, en efecto, para darle un mote a cada quien, siguiendo la ingeniosa huella del Tendota.
Fuente: abc color (Paraguay)
Helio Vera (helio@abc.com.py)
Con una delicada metáfora botánico-gastronómica, Nicanor Duarte Frutos describió a su carnal José Alberto Alderete como “té de boldo”. ¿Por qué? Porque no hace ni bien ni mal. Una especie de “mandi’o ýre” (mandioca con agua) o, lo que es lo mismo, ni chicha ni limonada. Ni fu ni fa. Ni frío ni calor. Lo que el general Stroessner prefería definir como “café con leche”, un líquido híbrido que no es ni café ni leche.
No estoy muy seguro de que la definición sea la correcta.
Pero, de todos modos, el ejemplo del Tendota anima a buscar nuevas explicaciones, siempre dentro del escenario propuesto por él.
Al respecto, la farmacopea popular provee una serie de infusiones, cada una de las cuales dotada de una serie de propiedades, reales o imaginadas.
Será cuestión de estudiar a quién le calza cada una de ellas, y así tendremos un cuadro completo de la clase política paraguaya.
En este caso, desde la perspectiva de los “remedios yuyos”, de tan arraigada vigencia en nuestra cultura.
Por ejemplo, ¿a quién le cae mejor ser calificado como el tranquilizador té de murucuyá, brebaje infalible para devolver la calma a los corazones encabritados?
Debe ser alguien calmoso y sereno, capaz de transmitir ese mismo espíritu a los demás.
Es decir, el sujeto ideal para llevar la paz a los debates alborotados; alguien como aquel célebre Néstor, el anciano rey de Pilos –suave en el hablar, en cuya boca las palabras fluían más dulces que la miel–, siempre llamado a poner fin a las disputas entre los jefes aqueos que sitiaban Troya.
Veamos el té de kurupa’y, que, según algunas versiones, posee virtudes singulares: causa somnolencia y hasta puede llevar a sueños hipnóticos, donde naveguen los delirios más intensos. ¿Quién tiene esa virtud, de adormecer a los demás, hasta el extremo de sumirlos en un mundo de fantasías coloridas?
¿Algún chamán de la política, capaz de hacer creer a la gente que su sola presencia ahuyentará las tempestades, desviará el ojeo e impedirá que se corte la mayonesa?
¿Y la fatídica combinación del sen con la rosa mosqueta, capaz de vaciar los intestinos en una flojera interminable?
Hay ciertos sujetos que parecen estar signados por esa desgracia, que puede llegar, según varios ejemplos vivos, al propio cerebro.
El resultado es una suerte de incontinencia verbal, que puede convertir a su víctima en una verdadera máquina de decir disparates. El periodismo –aceptémoslo– también abunda en estos especímenes.
No debe faltar el infalible té de “yaguareté ka’a” (hierba del jaguar), que permite digerir plácidamente los atracones más escandalosos.
Basta con echarse al estómago una taza de este mágico elixir para que desaparezca al punto toda amenaza de malestar estomacal.
Recomendable cuando se devoran licitaciones, gastos reservados, cargos, rubros para “entidades sin fines de lucro” y compras del Estado.Ni gases, ni retortijones de tripas; ni siquiera ese concierto de chillidos y maullidos que suele acompañar a los empachos.
¿Y el eficiente “para para’i” (rompepiedras), recomendado para disolver los pedruscos que se forman en los riñones, que en algunos casos adquieren el volumen de verdaderas rocas?
¿No conocemos a varios sujetos que degluten venenos, diatribas, querellas, denuncias, publicaciones periodísticas y toda clase de acusaciones sin que se les mueva un pelo?
Todo es absorbido fácilmente y enviado después al mingitorio, que las hará desaparecer para siempre.
Se les puede acusar de haber degollado a la madre sin que hagan siquiera un parpadeo.
La lista de infusiones puede ser muy larga, y sus propiedades, infinitas.
Sirven, en efecto, para darle un mote a cada quien, siguiendo la ingeniosa huella del Tendota.
Fuente: abc color (Paraguay)
domingo, 10 de junio de 2007
Lapachos en flor ofrecen un bello espectáculo
HASTA TIENEN PODER CURATIVO
Este domingo se puede ensayar una especie de terapia visual para refrescar la vista y la mente, realizando el lector un recorrido por las calles y parques de Asunción y otras ciudades del país. El objetivo es observar y maravillarse de los lapachos (tajy) en flor que la naturaleza nos regala.
Están floreciendo los lapachos rosados (hay claros, intensos, algunos tirando a rojo pálido, púrpura o violeta). Los lapachos amarillo y blanco florecen como anuncio de la temporada de frío y la proximidad de la primavera, según coinciden los entendidos en el tema, los nativos y agrónomos.El lapacho es un árbol autóctono de América del Sur (Argentina, Paraguay, Perú, Brasil y Bolivia). Puede llegar a medir 45 metros de alto, con troncos de casi dos metros de diámetro.En nuestro país se lo conoce también como tajy, y en Brasil se lo llama “pau d’arco” (palo de arco), porque con su madera fabricaban flechas los nativos guaraníes.
PROPIEDADES MEDICINALES
El lapacho tiene también propiedades curativas, según algunos médicos. Los indígenas, por ejemplo, hacían té (infusión) para tratar enfermedades como la malaria, anemia, colitis, problemas respiratorios, resfriados, tos, gripe, fiebre, artritis, reumatismo, etc. Otros le atribuyen propiedades de antioxidante, antibacteriana, antiviral, antiinflamatoria, antifunguicida y laxante.Lo indiscutible son sus propiedades de materia prima para la industria maderera, por su dureza y resistencia, aunque en nuestro país la deforestación está acabando con esta hermosa especie de la flora nativa.
El lapacho tiene también propiedades curativas, según algunos médicos. Los indígenas, por ejemplo, hacían té (infusión) para tratar enfermedades como la malaria, anemia, colitis, problemas respiratorios, resfriados, tos, gripe, fiebre, artritis, reumatismo, etc. Otros le atribuyen propiedades de antioxidante, antibacteriana, antiviral, antiinflamatoria, antifunguicida y laxante.Lo indiscutible son sus propiedades de materia prima para la industria maderera, por su dureza y resistencia, aunque en nuestro país la deforestación está acabando con esta hermosa especie de la flora nativa.
Fuente: abc color (Paraguay)
Este domingo se puede ensayar una especie de terapia visual para refrescar la vista y la mente, realizando el lector un recorrido por las calles y parques de Asunción y otras ciudades del país. El objetivo es observar y maravillarse de los lapachos (tajy) en flor que la naturaleza nos regala.
Están floreciendo los lapachos rosados (hay claros, intensos, algunos tirando a rojo pálido, púrpura o violeta). Los lapachos amarillo y blanco florecen como anuncio de la temporada de frío y la proximidad de la primavera, según coinciden los entendidos en el tema, los nativos y agrónomos.El lapacho es un árbol autóctono de América del Sur (Argentina, Paraguay, Perú, Brasil y Bolivia). Puede llegar a medir 45 metros de alto, con troncos de casi dos metros de diámetro.En nuestro país se lo conoce también como tajy, y en Brasil se lo llama “pau d’arco” (palo de arco), porque con su madera fabricaban flechas los nativos guaraníes.
PROPIEDADES MEDICINALES
El lapacho tiene también propiedades curativas, según algunos médicos. Los indígenas, por ejemplo, hacían té (infusión) para tratar enfermedades como la malaria, anemia, colitis, problemas respiratorios, resfriados, tos, gripe, fiebre, artritis, reumatismo, etc. Otros le atribuyen propiedades de antioxidante, antibacteriana, antiviral, antiinflamatoria, antifunguicida y laxante.Lo indiscutible son sus propiedades de materia prima para la industria maderera, por su dureza y resistencia, aunque en nuestro país la deforestación está acabando con esta hermosa especie de la flora nativa.
El lapacho tiene también propiedades curativas, según algunos médicos. Los indígenas, por ejemplo, hacían té (infusión) para tratar enfermedades como la malaria, anemia, colitis, problemas respiratorios, resfriados, tos, gripe, fiebre, artritis, reumatismo, etc. Otros le atribuyen propiedades de antioxidante, antibacteriana, antiviral, antiinflamatoria, antifunguicida y laxante.Lo indiscutible son sus propiedades de materia prima para la industria maderera, por su dureza y resistencia, aunque en nuestro país la deforestación está acabando con esta hermosa especie de la flora nativa.
Fuente: abc color (Paraguay)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
