Su padre era militar, marino. ¿Por qué eligió usted la medicina?
-El único antecedente que tenía era un tío de mi madre, cirujano conocido en su época: León Cardenal. De niño sí decía que quería ser médico, de adolescente no sabía qué quería y al final me metí en la medicina por exclusión, porque no me gustaba lo demás. Pero luego me entusiasmé, tuve un enamoramiento por la medicina.
¿La carrera militar quedaba descartada?
-En casa nunca caló el espíritu militar. Mi padre, aunque encajaba en ese perfil especial que tienen los marinos de guerra, siempre fue muy crítico y nunca nos empujó a seguir sus pasos.
¿Recibió una educación muy estricta?
-En lo concreto sí, pero es que éramos 7 hermanos y en casa había un cuarto de baño. Pero luego en casa había dos grupos: los mayores y los pequeños, y los pequeños cuestionábamos todo y los padres también aflojan.
Además su padre se definía como liberal, pero de los de antes.
-Mi padre, que ahora tiene 95 años y está muy bien, es de una generación que, ya fueran de izquierdas o de derechas, eran más liberales. Pero es que mi padre, sea el Gobierno el que sea, aplica su espíritu crítico.
¿Usted lo ha heredado?
-Yo creo que no, aunque dicen que nos parecemos. Pienso que es bueno tener cierto espíritu crítico, pero en exceso, no se puede vivir con él.
¿Cuándo comienza el enamoramiento de la medicina?
-En aquella época yo estaba loco por el baloncesto. Había empezado con unos 13 años, y a los 16 ó 17 ya estaba en primera división. Al principio pesaba más el deporte, pero la medicina me fue atrapando y comiéndole terreno al baloncesto. Fue un proceso natural. De hecho, mi final como jugador vino porque Antonio Martín, con el que jugaba en el Real Madrid, se rompió el tobillo y se lo operé yo. Se recuperó muy bien, en sólo dos meses, y yo animé al entrenador a que le sacara, a costa de quedarme yo en el banquillo.
¿Cómo es posible compaginar una carrera tan difícil como la medicina con el deporte de élite?
-De entrada, porque eres joven y muy fuerte, así que aguantas lo que te echen. Y no tenía tanto mérito porque entonces era más natural: en casa nos decían que no podíamos dejar de estudiar porque era nuestro futuro, y el deporte era nuestra pasión, más que nuestra profesión. Yo hacía deporte a todas horas porque me divertía. El día 1 de enero quedaba siempre con amigos para hacer dos horas de footing por la montaña, aunque la víspera hubiéramos tenido la típica Nochevieja loca.
¿Los profesores le ayudaban por ser un jugador conocido?
-En la facultad no creo que ni supieran que era deportista profesional. En la residencia sí tuve muchas ayudas, pero creo que fue porque el profesor Vaquero y todo el departamento de Traumatología del Hospital Gregorio Marañón, eran conscientes del esfuerzo que yo estaba haciendo. Pienso que se sentían orgullosos de que me esforzara para compaginar ambas facetas.
Pero la residencia implica, por ejemplo, guardias.
-Yo podía jugar un partido un sábado y al acabar entraba de guardia todo el fin de semana hasta el lunes por la mañana, que era cuando tenía el entrenamiento físico. ¿Cómo aguantaba? Porque era joven.
Sus compañeros de equipo cuentan que además también hacía prácticas con ellos. Entonces no viajaban con médico.
-Estábamos dos médicos: Corbalán y yo. Él es cardiólogo. Cuando ya habíamos vivido la formación de urgencias y a partir de segundo año de residencia las cosas pequeñas que podían surgir las hacíamos.
Supongo que la especialidad venía dada por la dedicación deportiva.
-Claro, tuve la posibilidad de elegir entre varias opciones y cuando además vi que podía entrar en un servicio tan importante como el del Gregorio Marañón, no lo dude. Siempre me incliné por las quirúrgicas.
Su perfil como deportista encaja con los rasgos que se atribuyen al cirujano. Cuentan que era muy agresivo en la cancha.
-Es que yo era un jugador de poco talento técnico pero con mucha fuerza, con facultades físicas que me preocupaba por cuidar porque me gustaba el entrenamiento y sabía que me tenía que apoyar en eso y en mi entrega en la cancha. Tenía que aprovechar mis condiciones al 120 por ciento para estar al nivel de mis compañeros, que eran mucho mejores técnicamente.
Le recuerdan incluso como bruto.
-Yo creo que el jugador que sabe cuáles son sus bazas y les saca el máximo rendimiento para asentarse en el puesto es práctico. A mí nunca me ha gustado agredir a nadie, pero en el partido a veces había que jugar fuerte y utilizar el cuerpo.
También me cuentan que no le daba miedo nada, ni siquiera Tatchenko, y que eso es algo que aplica a su vida.
-Lo que soy es luchador y el deporte me ha perfilado como tal.
Con un sentido de la disciplina y el esfuerzo muy marcado.
-Ya no soy lo que era, pero sigo pensando que en esta vida quien algo quiere, algo le cuesta. En cualquier faceta de la vida hay que sacrificarse.
¿En algún momento el sacrificio fue tal que pensó en dejar deporte o medicina?
-Sí, y fue el final de mi carrera deportiva. En ese momento compaginaba guardias de hospital con el mejor momento del equipo en todos los frentes: liga, Copa del Rey, Copa de Europa y otros torneos. Era agotador. Estaba recién casado y no podía salir a cenar porque me levantaba a las 7 de la mañana y no paraba con dos tipos de actividades muy físicas, porque la traumatología también lo es. Entonces ejercía como médico en el hospital y en el Real Madrid.
¿Qué ocurrió?
-El equipo me dijo que ya no contaba conmigo y recibí ofertas de otros fuera de Madrid. Tenía que decidir si seguir jugando o dedicarme a la medicina. A los 31 años pensé que ya había hecho todo lo posible en el deporte y tenía un trabajo que ya me tenía enamorado.
Creo que las ofertas que rechazó no estaban mal.
-Eran buenas y tardé en decidirme, porque en el Gregorio Marañón ganaba 50.000 pesetas. Con tres o cuatro años más de baloncesto me hubiera hecho un patrimonio, pero creo que acerté.
También ejercía ya como médico en el Real Madrid.
-Sí. Con Mendoza como presidente me ofrecieron hacerme cargo del equipo de baloncesto.
Mendoza le dijo que iba a ser jefe de los servicios médicos pero no cumplió su palabra.
-Hubo fases. Unos cinco años después de hacerme cargo del equipo de baloncesto se produjo la oferta para ser director de todos los servicios médicos, pero hubo tensiones internas y me quedé como director del centro médico en un momento intermedio. Al cabo de unos años sí pasé a dirigir todos los servicios médicos.
Ahora tiene fama de serio, pero todavía como jugador se imponía retos como enseñar a bailar sevillanas al americano de turno.
-No soy tan serio, pero sí es cierto que, por ejemplo, descubrí el alcohol tarde: con 27 años probé mi primera cerveza. Con eso le digo todo. Lo que pasa es que a mi mujer le gusta mucho el tema andaluz, la feria, el Rocío, y ella y Juanito Corbalán me llevaban, aunque reconozco que yo, además de beber Trinaranjus era el aburrido. Pero sí que bailaba algo.
Consideran que usted ha sido uno de los introductores del rigor científico en la medicina deportiva. ¿Cómo era cuando empezaba?
-Al mundo del deporte en general le faltaba sensibilidad sobre la necesidad de contar con especialistas. Entre dos equipos del mismo nivel -uno con un buen servicio médico y el otro sin él-, ganará el primero. Nuestro trabajo incide no sólo en la recuperación tras las lesiones, sino también en la preparación, en la puesta a punto, en la alimentación... Entonces no existía la medicina deportiva como especialidad y se recurría al traumatólogo cuando ya se había roto. Se contaba con médicos que eran aficionados al deporte, pero sin una formación específica. Pero lo más importante es que no había sensibilidad por parte de los directivos y los clubs para invertir en los servicios médicos. Lo que había entonces y sigue existiendo son paramédicos que adoptaban la posición de gurú.
Un peligro.
-Claro, y no es que los médicos seamos perfectos, pero tenemos una visión crítica, revisamos nuestro trabajo y los resultados. Los otros, sin ningún tipo de rigor, iban aplicando brebajes y pócimas.
Por tanto, esa visión integral del deportista se implanta coincidiendo con la tendencia general de la medicina a dar importancia a la prevención y la promoción de la salud.
-Es que entonces en los vestuarios no había como ahora un ATS deportivo o un fisioterapeuta preparados para hacer los vendajes preventivos en los tobillos, o en los esguinces de rodilla; no se hacía el calentamiento y el estiramiento actual...
Lo paradójico es que ahora que sí hay todo eso, parece que se producen más lesiones que nunca.
-Lo que ocurre es que la información es tan exhaustiva que se conoce cada detalle y tiene mucha repercusión. Otro dato es que hace 30 años un jugador de fútbol disputaba 25 ó 30 partidos al año y ahora algunos llegan a los 80 contando con selección, amistosos y competiciones varias.
El ritmo de juego tampoco es el mismo. Ahora ves un partido de los años 70 y te parece que iban a 33 revoluciones comparados con la actualidad.
Un deportista bien cuidado y que sigue las pautas que le marcan, ¿puede aguantar ese ritmo?
-Puede y lo hacen la mayoría, pero siempre existe un porcentaje de lesiones, como lo hay de accidentes. Y luego hay rachas.
En las rachas malas, ¿se busca por qué?
-Casi siempre hay una explicación. Puede ser la fatiga, el cansancio, pero también los problemas personales. Me da pavor un deportista con problemas personales. Un deportista que se está separando y sufre, es más vulnerable porque está menos concentrado. Un hombre estable emocionalmente es más fuerte.
También hay picos en distintos momentos de la temporada: el principio y el final es más sensible; primero porque todavía no se está en plena forma y luego por cansancio.
Otro factor es la estabilidad del club, que da tranquilidad a la plantilla. La presión, la demanda de éxitos que no llegan, las guerras internas... todo repercute.
¿La actividad que se practica marca perfiles diferentes en los pacientes? Lo digo porque sus colegas hablan maravillas de los toreros.
-La voluntad es la clave: el deseo de querer recuperarse. Y los toreros la tienen. En general, la diferencia entre los jugadores de fútbol y baloncesto está más en la presión mediática que sufren los primeros. Pero el joven deportista lo es independientemente de la disciplina que practica.
¿A qué se refiere?
-A que tienen hambre de llegar, de triunfar. El jugador estrella, consagrado, que ya ha llegado, prefiere recuperarse sin prisa pero con seguridad. Y se lo puede permitir porque como ya ha demostrado lo que vale le van a esperar.
¿Se precipitan las recuperaciones?
-Pienso que no y que hay mucho tópico al respecto sobre que si se les infiltra, etc. Lo evidente es que mi generación forzaba más, pero por pura ignorancia.
¿Le es útil su experiencia como deportista ante sus pacientes?
-Sí. Ya no es que les entienda, es que me siento muy unido a mis deportistas, y sufro con ellos. Un jugador en su mejor momento y que se rompe...
¿Cómo se le dice a un deportista que una lesión ha acabado con su carrera?
-Me ha ocurrido muy pocas veces, porque tengo la virtud de ser optimista. Llegado el caso procuro ayudarles a encontrar soluciones y pongo todos los medios para que si decide seguir compitiendo lo haga en las mejores condiciones y avisándole de los riesgos.
El cuidado integral del deportista supone intervenir en muchos aspectos de su vida. ¿Qué tal lo aceptan?
-Yo creo que tendríamos que intervenir más. Es fundamental la hora a la que te acuestas y a la que te levantas; lo que comes y lo que bebes, lo que entrenas y cómo lo haces...
Sospecho que en este aspecto debe envidiar a los médicos de atletas.
-Hubo una época que en verano hacía atletismo; me encantaba... Ésos sí que se cuidan, viven como monjes.
Dice que tendrían que intervenir más, pero ¿qué margen tienen? También en medicina deportiva existe la autonomía del paciente.
-Es un problema de lo que cada uno quiera hacer con su vida y su carrera. Nosotros les damos libertad, pero es que todo influye en el rendimiento.
La adhesión terapéutica del paciente siempre preocupa, pero en su caso, de ella dependen resultados a corto plazo.
-Y a largo, porque un deportista puede prolongar su carrera en buenas condiciones en muchos años si se cuida cada día, si está en su peso correcto.
Pero quizá un deportista joven con dinero y el mundo a sus pies no tiene esa visión a medio o largo plazo.
-Algunos sí la tienen. Franco Baresi (jugador del Milán), a los 37 años pesaba menos que a los 27. En España, Raúl es un jugador que se cuida y vive pendiente de su vida profesional. No debe ser tan raro. Kareem Abdul-Jabbar seguía jugando con 41 años en la NBA. Yo como médico pongo mis conocimientos, y los medios los tienen, pero ellos son los que ponen la voluntad. En deporte no hay casualidades: el que se cuida, vive como un profesional y se concentra en convertir su cuerpo en el mejor instrumento para su trabajo, ése recibe su recompensa.
¿Es la medicina deportiva banco de pruebas para técnicas quirúrgicas y otros tratamientos?
-Dicen que el gran salto de la medicina son las guerras. Al deportista le tienes que ofrecer algo ya contrastado, no puedes experimentar.
¿Entonces, por qué parece que el resultado es mejor?
-No porque la técnica sea distinta, sino por el seguimiento exhaustivo de todo un equipo de médicos, fisioterapeutas, etc. De hecho, es más fácil que una técnica de injerto triunfe en una persona con una vida normal que en un deportista que tiene que batir una marca o va a recibir choques.
La obligación de estar al día ¿se convierte en presión cuando se trata a pacientes que necesitan los mejores resultados lo antes posible?
-Usted, que está en Diario Médico sabe que hoy en día cualquier médico tiene acceso a las últimas novedades de su especialidad y se preocupa por conocerlas.
¿Hay algún referente claro en su campo?
-Yo tengo influencia anglosajona. Procuro ir al congreso americano y a cursos monográficos. También italianos y franceses han sido importantes.
Si se considera que tenemos la mejor liga de fútbol, ¿tenemos los mejores médicos en este campo?
-A mí no me gusta el concepto de jugador galáctico, así que mucho menos el de médico galáctico. Me produce repelús. Lo que sí debo decir es que el nivel de los médicos del deporte español es alto, porque tienen una total dedicación, están en contacto e integrados en los mejores foros internacionales de la especialidad y tienen mucho sentido común.
Cuando hacemos revisiones de patologías concretas comprobamos que en España estamos trabajando muy bien.
¿Nunca le atrajo una carrera médica ligada a la sanidad pública o a la universidad?
-En el Gregorio Marañón estuve en total once años y soy un gran defensor del sistema sanitario público por su calidad, pero no podía compatibilizar todo y tuve que elegir. Pensé que mis posibilidades en la traumatología del deporte eran grandes y más con el soporte de una institución como el Real Madrid, frente a la medicina tradicional en la que iba a operar muchas prótesis de cadera y fracturas varias. Yo soy consciente de mis limitaciones y procuro ser muy riguroso en mi trabajo, con autocrítica. Y mi opción fue intentar ser un buen traumatólogo del deporte.
Es decir, que fue práctico.
-Es que no podía hacerlo todo. Mi mundo es la artroscopia, la microcirugía y lo percutáneo orientados a gente deportista y siempre rodeado de un gran equipo.
¿Están superespecializados?
-Sí. Es un equipo multidisciplinar: cirujano ortopédico, traumatólogo, neurocirujano... y como les explico a mis pacientes, entre todos buscamos respuestas a los problemas. Esto la gente lo comprende y les gusta.
¿Cuál es el grado de confianza que logran con el deportista?
-Se establece en circunstancias concretas, no en general. Es una relación técnica, profesional...
¿Distante?
-No tanto, es cariñosa pero no llega a producirse esa transferencia de afectos y sentimientos. Pero sí hay casos impresionantes en los que yo he acompañado al jugador por el mundo buscando soluciones y haciendo de amigo, de compañero... Ahí sí que se genera cariño.
Un caso sería Woodgate. Usted desaconsejó su fichaje, y luego, tras un año de lesión, le dedicó su primer gol.
-Es una persona maravillosa. Llegó con un problema y luchamos duro. Como soy optimista y me pongo en su papel, le propuse trabajar juntos para que volviera a ser futbolista. En verano me quedé sólo en el servicio y me ocupé de él: desayunábamos en casa y nos íbamos juntos a correr. Le daba unas palizas recordando mis viejos tiempos. Y efectivamente volvió y sigue jugando. Esa escena fue emocionante porque fue su único gol, pero quiero añadir que el gesto era para todo el servicio médico. Él es excepcional y sabe que nosotros le queremos.
¿Por qué con otros no tienen una relación así?
-Es un poco culpa de todos, también nuestra. Vamos corriendo, acelerados y nos falta sentarnos en la cama del enfermo, darle la mano y dedicarle media horita de charla.
¿Usted se cuida?
-Tengo épocas. Cuando puedo procuro hacer ejercicio a diario, pero otras veces estoy más centrado en el trabajo. También cuido la alimentación, pero disfruto con un buen cocido. No hay que hacer de la dieta y del culto al cuerpo algo que nos esclavice, pero tampoco hay que abandonarse.
Decía que no cree en el concepto de galáctico. ¿Hay médicos que se lo han creído?
-Todo eso es fruto del marketing y del exceso de vanidad, y suele suponer un estado de error y enloquecedor.
¿Cuando uno se preocupa más que de nada del marketing, empieza el declive profesional?
-Sí, y cuando te crees que nunca te equivocas. Me encantan las conferencias de gente muy sabia en las que hablan de sus errores.
¿Usted ha tenido errores?
-Muchos.
¿Alguno que nos pueda o nos quiera contar?
-Como cirujano se me han roto tornillos o placas, he puesto mal algún injerto..
¿Qué se hace en esos casos?
-Contárselo al paciente y decirle que voy a a hacer todo lo que está en mi mano por subsanarlo.
¿Lo aceptan bien?
-Hay de todo. También hay veces que el paciente ante una complicación quirúrgica cree que te has equivocado, cuando no es cierto.
¿Y no será que la imagen triunfalista que ofrecen algunos médicos galácticos hace que los pacientes asuman peor los malos resultados?
-Puede, pero por eso el consentimiento informado recoge los riesgos y posibles complicaciones.
¿Se comprometen los pacientes con su tratamiento?
-Aquí también hay de todo, incluso gente que parece que no quiere recuperarse, porque no hace lo que se le dice. Recuerdo a un paciente que como gracia, el día que le di el alta tras una plastia de ligamento, se fue a una discoteca a bailar. ¿Quién es el culpable en ese caso? En general, la gente es menos paciente que antes.
¿Qué tal ha sido usted como paciente?
-Yo creo que bueno; como jugador tuve dos intervenciones y en la segunda hubo alguna complicación, trabajé mucho en la recuperación y quedé bien.
En traumatología se puede caer en dos extremos: demasiado intervencionista o conservador en exceso.
-Hay que partir del intento de conservar, y cuando no hay otra solución, intervenir.
¿La competición permite completar ese ciclo?
-No. La alta competición te fuerza a ser más intervencionista. La misma lesión en un paciente de la calle la tratas con reposo y descarga durante un tiempo, mientras a un deportista le metes directamente un tornillo.
Lleva años dirigiendo los servicios médicos del Real Madrid y ha sobrevivido a varios presidentes. ¿Es usted el único indiscutible de este club?
-La pregunta me da escalofríos. Aquí estamos siempre discutidos y la provisionalidad es absoluta. Y el que piense lo contrario se equivoca. Yo desde luego tengo siempre la maleta preparada.
En positivo puede ser el síntoma de que funcionan bien.
-El equipo es excepcional.
Les acaban de dar un homenaje.
-Ha sido un gesto de cariño del club. Pero eso no significa que el día que nuestro trabajo no lo justifique, vendrán otros.
¿Hay mucha competencia?
-Mucha. El que está parado, se cae.
Así que sigue en la alta competición.
-Hay que estar siempre al día, participando en cursos, congresos, charlas... y dando las mejores respuestas.
¿Cómo han vivido las acusaciones de que en el Real Madrid practican el dopaje?
-En parte el homenaje que nos dio el club era un desagravio. Del Real Madrid se sabe todo, así que difícilmente hubiéramos podido montar una estructura de dopaje. Nosotros no sólo no dopamos sino que nos preocupamos de investigar para evitar el típico caso de positivo porque alguien se haya tomado un jarabe de su hijo.
¿Es duro vivir siempre bajo el foco?
-Tan duro que si pasado mañana tenemos un positivo por dopaje en un segundo equipo toda nuestra labor se vendría abajo, porque se nos pondría en entredicho. Frente a esto sólo nos queda trabajar con el máximo rigor.
Ustedes controlan en lo que pueden, pero el deportista es libre de recurrir a otros médicos.
-Intentamos controlar todo lo que podemos porque el jugador es patrimonio del equipo y cuando uno busca una segunda opinión incluso le acompañamos. Estamos en contacto con otros médicos del deporte de todo el mundo. También nos llegan jugadores de fuera.
A veces se habla de los deportistas como si fueran mercancía.
-Sí y es malo, porque genera en ellos una desconfianza que les aísla. Hay que recuperar un trato más humano, con cariño y respeto.
Cuando se acusa a los jugadores de no cuidarse...
-Eso no es verdad. Son gente joven y a veces salen, pero si fuera cierto todo lo que dicen no podrían jugar. Habrá excepciones, pero no se puede generalizar.
Volvamos a su vida, marcada por la muerte en un accidente de su hijo. Creo que a todos nos impresionó tanto la noticia como la serenidad con la que usted reaccionó.
-Esa reacción sólo se puede entender porque tienes una fuerza superior que te da tranquilidad, porque es muy duro.
Su fe religiosa, de la que hace gala, ¿era anterior o la motivó lo ocurrido?
-Yo era una persona de educación y familia católica, pero efectivamente la muerte de mi hijo me tiró del caballo como a San Pablo y me hizo replanteármelo todo. Fue un momento clave en el que no me servía para nada lo que había leído y estudiado, las frases hechas, los tópicos... Es un momento de experiencia vital en el que sólo el encuentro con Dios y la paz que sólo Él te puede dar te permite caminar e intentar seguir siendo el apoyo de la familia.
Tampoco hubiera sido de extrañar la reacción contraria: de rebeldía ante una muerte injusta.
-Y te puedes dar al alcohol, o a las drogas, querer morirte... Muchas parejas se separan después de una pérdida tan brutal; nosotros gracias a Dios seguimos juntos. En definitiva, lo mío fue un encuentro muy fuerte con Dios que me hizo aceptarlo. Cuando te preguntan eso de si ya lo has superado...
¿Alguien puede preguntar eso?
-Lo hacen, y yo contesto que no se supera, se acepta. Para empezar, mi hijo sigue conmigo. Y desde luego la resignación es un concepto que no va conmigo, porque es de queja. En la vida hay que aceptar las cosas y buscarles un sentido. En el momento desde luego no lo ves; con los años lo atisbas y te das cuenta de que puede haber una razón.
A pesar de no gustarle las entrevistas y de ser un tema tan delicado, habla sin problemas de su dolor y de cómo le ha ayudado su fe.
-Pero no me gusta dar sermones, porque cada uno tiene su historia y yo lo respeto. Lo que no puedo es negar a quien me ha dado la vida en un momento en el que yo estaba muerto. Y si a alguien no le gusta me da exactamente igual. Yo no puedo negar al Señor porque en ese momento yo estaba muerto y Él me devolvió la vida. ¿Que piensan que estoy loco? Me da igual.
¿Cree que puede ayudar a otros que pasen por el mismo trance?
-Hay gente que me llama. Desde luego, los que hemos perdido un hijo nos entendemos con sólo mirarnos. Es una comunión entre nosotros de dolor, pero cada experiencia es diferente.
Mucha gente le demostró que le quería.
-Es que había gente que pasaba por la consulta para que le viera la rodilla y cuando ya se iba volvía a entrar me daba dos besos y me decía que rezaba a diario por mi familia. Hay mucha gente buena y eso ayuda.
¿Le sorprendió?
-Me sorprendió la cantidad de dolor que hay alrededor. De repente te das cuenta de que estabas ciego y que hay gente alrededor que también sufre y te buscan.
El dolor compartido, ¿es más llevadero?
-Es la gran diferencia. Recuerdo que yo había leído mi tesis doctoral en Navarra, con mis padres, y estaba todavía en las nubes. Llegué a Madrid directo al partido. Nos jugábamos la liga en el Bernabeu contra el Atlético de Madrid. En el primer tiempo ganábamos 3-0. Todo era euforia y en el descanso me dan la noticia. No había llevado coche y fui desde el estadio hasta el Hospital La Paz corriendo al sprint. Ahí te das cuenta de lo que es la vida y de lo poco que somos. Te pone los pies en la tierra cuando más te lo crees.
La Medicina es un ejercicio de humildad. Nunca se tiene todo controlado.
-Yo desde luego soy partidario de esa visión. Trabajas lo mejor que sabes y te encomiendas a Dios para que te proteja a ti y a tus pacientes para que vaya todo bien.

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